Chicureo o lo peor de lo nuestro

Iskra Pavez Soto

Columnista Invitada

Durante los años 80, Chicureo no era más que una calle de tierra poblada de pequeñas familias agricultoras y algunos fundos dedicados al trabajo de producción y packing de frutas y verduras, generalmente de exportación. Los fundos contrataban a personas de todas las edades, provenientes en su mayoría de Colina y la zona norte, para que realizaran estas faenas temporales.

Sin embargo, desde fines de los años 90 esta situación cambió. Algunas inmobiliarias –con clara actitud visionaria– compraron estos terrenos y decidieron transformarlos en lo que entonces se denominó “parcelas de agrado”; lo que hoy en día se conoce como “condominios”. Este modelo de viviendas de lujo en un bello entorno de campo y ubicado muy cerca de Santiago, tuvo un gran éxito, que rápidamente se expandió por los otros terrenos agrícolas de Colina, llegando incluso a construir varios colegios privados de renombre, acompañado de servicios, comercio y exclusivas carreteras. En la actualidad, la oferta inmobiliaria es tremendamente variada y extensa, pero generalmente se orienta hacia los sectores altos y gente famosa de nuestro país (desde Fernando Paulsen hasta Pamela Díaz, pasando por Felipe Camiroaga).

Evidentemente este elevado nivel de vida requiere una serie de servicios cotidianos para funcionar, ello se logra a través de la contratación de personas que realicen los trabajos indispensables para la reproducción de la vida. Dada la división sexual y racial del mercado de trabajo local, los empleos se distribuyen en líneas de segmentación jerárquicamente organizadas. Así, las mujeres chilenas y extranjeras inmigrantes se emplean generalmente en el servicio doméstico, el cuidado infantil y la atención del comercio; mientras los hombres chilenos y extranjeros hacen labores de construcción, jardinería y mantención. Habitualmente, en este tipo de empleos las condiciones de trabajo son precarias, con bajos sueldos, escaso reconocimiento social y con tendencias a la explotación laboral. Paradójicamente, muchas de estas personas son las mismas que antes trabajaban en las labores agrícolas de los fundos.

Es en este punto donde se manifiesta el conflicto de poder entre unas personas que tienen dinero, status y poder, y otras que tienen pocos años de estudio o una gran necesidad de sobrevivencia. Como una semblanza de nuestra larga historia de hacienda, las familias de Chicureo expresan enfáticamente, a través de sus normativas internas, que las reglas del juego las pone “el patrón” y “el empleado” debe obedecer. Por eso, las normativas deciden cuestiones tales como, cuándo, dónde y cómo las personas trabajadoras deben moverse en “sus” espacios. Espacios que son considerados jurídicamente como “privados” y que, por lo tanto, no podría inmiscuirse la Inspección del Trabajo, por ejemplo. Aquí los derechos laborales conquistados durante un siglo se difuminan, vulnerando no solo las libertades y garantías legalmente establecidas en nuestro país y ratificadas en pactos internacionales; sino, lo más grave, degradando la dignidad humana de las trabajadoras y los trabajadores al tratarles como meras máquinas, con funciones y horarios establecidos arbitrariamente. La vulneración de los derechos humanos aquí constatada es vergonzosa hasta para la propia Ministra del Trabajo, Evelyn Matthei.

En síntesis, Chicureo es la representación social magnánima del arribismo chileno, nuestra secreta pasión por querer ser superiores al resto, por clasificar a la sociedad en estamentos bien definidos donde nadie pueda siquiera pretender gozar de los privilegios con los que no nació. Chicureo nos recuerda la vergüenza y la sospecha por la pobreza, en vez de realizar acciones concretas por erradicarla y transformarnos en el país desarrollado que tanto soñamos. Más que un sueño democrático, inclusivo e igualitario, Chicureo es lo peor de lo nuestro.