En nuestro día, algunas reflexiones sobre las mujeres …

…y porque seguimos viviendo entre una ausencia indiscriminada y una presencia con discriminación

Ximena Gauché Marchetti

Columnista Invitada

Hace unos meses la prensa nacional publicó en su sección sobre mujer y tendencias un reportaje sobre como la India no consigue terminar con la lacra del matrimonio infantil, dando cuenta que en ese país cerca de un 50% de las mujeres llega al matrimonio antes de los 18 años.

Por esos mismos días un popular programa de televisión chileno anunciaba la pronta llegada de su nuevo panelista, un conocido periodista del mundo de la prensa escrita.

A simple vista no parece existir gran relación entre ambas noticias.

Sin embargo, creo que hay más relación de la que se puede ver, lo cual me ha tenido pensando sobre cómo estamos las mujeres y me decidió a escribir estas simples reflexiones en el día en que el mundo nos dice que tenemos que celebrar.

Si una niña de 14 años decide casarse por amor, más allá de cuestionarme si se puede a los 14 años saber en verdad qué es el amor pretendidamente para toda la vida, puedo tal vez aceptar esa decisión, pero cuando esa niña de 14 años es tratada como una mercancía de cambio por un hombre mayor, muchas veces sólo supuestamente respetable, que la recibe a cambio de dar seguridad económica a un grupo familiar, no puedo más que cuestionarme porqué esto sigue pasando en plena era de las tecnologías, las redes sociales y los grandes intercambios económicos.

Cuando un programa pretende discutir temas de la contingencia y las discusiones son monopolizadas por hombres, más allá de su competencia en las materias y de la presencia esporádica de alguna invitada, no puedo más que sentir que hay una voz y una mirada que podrían estar más presentes.

Pero alguien preguntará que hay de nuevo detrás de estas básicas reflexiones.

Esencialmente nada. Lo que persigo en verdad es destacar, desde la cotidaniedad que vivimos a veces sin reflexionar sobre ella (leyendo el diario o viendo la televisión) esta ya casi eterna forma de vivir de las mujeres: entre una ausencia que no distingue a quien afecta y una presencia en que se nos discrimina de muchas formas y en mil rostros de mujeres diferentes.

Efectivamente, se trata de recordar - para que no se olvide a nadie en estos tiempos tan revueltos - la eterna situación de las mujeres de ser "las otras" para casi todos los temas. Aunque hemos obtenido grandes logros desde la institucionalidad formal internacional y doméstica, no llegan a dejar atrás las diferencias, conspirando así para lograr una verdadera igualdad entre seres humanos.

¿Cuándo se dijo que somos "las otras"? ¿Cuándo se acordó que la mirada primera a los hechos y a la vida en general debe ser la de los hombres?

La verdad es que no he encontrado la respuesta exacta o única pero sí encuentro que ser "las otras" nos viene dado casi desde siempre y por ahí sigo mi reflexión.

En efecto, sin perjuicio de las históricas diferencias religiosas entre personas, la discriminación sufrida por las mujeres es al parecer en realidad el primer criterio de discriminación en la historia de las civilizaciones; el más antiguo, el más extendido en el tiempo y en el espacio, y el que reviste más formas pues normalmente en el caso de la mujer confluye una doble discriminación por lo menos. Una primera por el solo hecho de ser mujer, y una segunda por alguna de las características que forman su identidad: su color de piel, su etnia, su orientación sexual, su género, su condición social.

Remontándonos en el tiempo, antes incluso del inicio de la configuración conceptual sobre los derechos humanos, es posible ver en muchas sociedades la presencia fuerte de la institución del patriarcado y la omisión casi absoluta de la consideración de la existencia propia de las mujeres y sus derechos, con un confinamiento al parecer anclado en ciertas creencias sobre una natural inferioridad o, peor aún, sobre la idea de que siempre será un hombre - el padre o el marido - el que debe tomar las decisiones importantes, o sea, las que no tienen que ver con lo doméstico y el hogar, menesteres relegados a un lugar inferior.

De ahí hasta este siglo XXI los avances concretos son insuficientes todavía.

Si hasta la abstracción y la universalidad de las normas jurídicas que ha sido un imperativo desde que estas se empiezan a construir sistemáticamente con el desarrollo de la idea de estado de derecho, se ha tratado como una abstracción fundada en el parámetro que mira a lo que es propio del sujeto "varón" como sinónimo de lo "humano", encubriendo así las diferencias entre los sexos (y otras diferencias por cierto también) y confinando en el orden normativo a las mujeres a un lugar que le vendría dado por ser "como es", tendencia que es la que los movimientos feministas vienen tratando de revertir desde su nacimiento, primero en los órdenes nacionales y desde 1945 también en el orden internacional, con todas las variantes que estos movimientos presentan en la actualidad, desde el feminismo radical al lésbico, y que son un buen instrumento para el análisis crítico de la realidad cotidiana de las mujeres en el mundo.

Con estas premisas para mirar la realidad, es posible comprobar que las mujeres hemos sufrido por años diversas manifestaciones de desigualdad en función primero de la pertenencia a este sexo, considerado muchas veces como débil pero además por la forma de construcción de las instituciones sociales, políticas y jurídicas que se ha hecho sobre la idea de abstracción respecto del sujeto que va a ser su destinatario, tal y como si se tratara de un ser "asexuado" con la bandera de la "neutralidad y abstracción" como requisito que debe tener una norma y una institución.

Ejemplos para confirmar esta afirmación surgen rápidamente si miramos la sociedad.

La llamada "feminización de la pobreza" es una constante desde hace años. Ella se manifiesta en estos tiempos principalmente a partir de la proliferación de hogares a cargo de madres solas que ganan un bajo salario o que son víctimas de explotación por sus jefes o de violencia doméstica de parte sus parejas, quedando así excluidas de participar activamente en la vida social. Mirada desde otro ángulo, esta cara femenina de la pobreza se refleja en que son las mujeres quienes reciben el mayor impacto de las consecuencias negativas de fenómenos como la globalización y los ajustes económicos que trae (a partir de ser las primeras a quienes se les restringe el acceso y la continuidad laboral con la excusa de la maternidad); de todas las formas de comercio ilícito internacional (a partir de ser "ellas" y no "ellos" los principales "objetos" traficados en muchos países al modo casi de hablar justamente de un "objeto" anulando la condición de "sujeto"); del mal uso de nuevas tecnologías (a partir de ser las principales víctimas por ejemplo de delitos de prostitución o pornografía en la red) o de los conflictos internos o internacionales (a partir de que la satisfacción de las necesidades familiares básicas se ven mermadas antes que cualquier intento de reducir armamentos y son ellas las principales gestoras de estas necesidades en muchos contextos sociales y considerando que junto a los niños y niñas son las principales víctimas de los conflictos armados).

Asimismo, la menor participación política de las mujeres es también una constante en la historia, sea en los procesos de elección, como votante o potencial elegible, o sea en el acceso a cargos público-políticos. Es este en todo caso un espacio en que los avances son más favorables en las últimas décadas y prueba de ello es que al año 2012 varios países tienen o tuvieron una mujer como Jefa de Estado o de Gobierno elegidas en procesos electorales democráticos, siendo Chile, Argentina, Costa Rica, Alemania o Islandia buenos ejemplos de ello.

También la violencia a mujeres es una patente y viva manifestación de las desigualdades que nos afectan. El tema ha tomado forma en acuerdos internacionales, en sentencias de distintos tribunales y es desgraciadamente recurrente en prensa y foros internacionales y nacionales, constatándose cada vez de forma más abierta que se trata de un problema que traspasa las barreras de lo social, lo económico, lo cultural y de las diferencias entre países, encontrando que aún en algunas sociedades se sigue validando el "derecho" del hombre a agredir a una mujer en ciertas "circunstancias".

En Chile, un trabajo dado a conocer en noviembre de 2011 por Corporación Humanas mostraba el malestar de las encuestadas por un país machista y en que se nos discrimina en el trabajo, en la vida sexual y las propias decisiones sobre el cuerpo, en lo político y en muchos otros ámbitos. Efectivamente las mujeres seguimos ganando menos por la misma labor, sin la posibilidad de agenciar nuestra vida como le parezca a cada una de nosotras según su identidad y circunstancias en el marco del derecho de los otros, sin cuotas adecuadas de participación en la sociedad y en la toma de sus decisiones. En síntesis, sin la posibilidad de mirar al mundo y actuar en él como protagonistas.

Vuelvo atrás desde este punto retomando la búsqueda de la respuesta exacta o razones que me lleven a explicar porqué segimos siendo "las otras" y me encuentro con que buena parte en que la cultura "humana" ha tenido y tiene una fuerte carga androcéntrica en la construcción e implementación de la mayoría de sus instituciones, estructurando por años espacios y lugares sólo para hombres (lo público) y espacios y lugares sólo para mujeres (lo privado) y reflejándose en el lenguaje usado por esas instituciones la disociación de una serie de aspectos de la vida humana, a partir de los cuales aquellos que supuestamente no generan mayor aporte al desarrollo social (o aporte materialmente visible) como los afectos y sus manifestaciones físicas, las cuestiones domésticas del hogar común o el hecho biológico de la maternidad, han sido atribuidos preferencialmente a las mujeres.

Expresiones como "los hombres", "los individuos", "los ciudadanos" se han venido haciendo sinónimos de hombres y mujeres y hemos tenido que entender por siglos que quedamos incorporadas en esas categorías que parecen tomar lo masculino como lo universal en el marco de una categoría, por lo demás bifrontal, que olvida las enormes diferencias y matices que hay en el sexo y en género de una persona y que deberían hacernos abrir los ojos a la rica diversidad de nuestra especie.

Dicho en las palabras finales a esta ya larga reflexión; parece que el mundo y sus avances se han mirado tradicionalmente con ojos "masculinos" a partir de una sociedad sexista y patriarcal que, aunque asume diversas formas en los distintos contextos espacio-temporales se estructura en lo general en esa línea de una relegación constante de la existencia de las mujeres y sus circunstancias las cuales por siglos hemos quedado silenciadas para participar en la mayoría de los productos de la creación "humana" o explicar los sucesos y resultados de la común civilización "humana".

Por eso tal vez ninguna niña reclama en India su derecho a elegir con quien y cuando casarse. Yo quiero que lo reclame.

Feliz 8 de marzo a esas niñas y a todas las que son, sienten y viven como mujer.

La autora es Abogada. Doctora en Derecho, Profesora Asociada, Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, Universidad de Concepción, Chile. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.