Sobre moteles y la Ley Antidiscriminación

Pablo Astudillo Lizama

Columnista Invitado

Hace tan solo unos días, el 07 de diciembre de 2012, se hizo pública la primera sanción asociada a la nueva Ley Antidiscriminación. Promulgada el 12 de julio de 2012, la ley 20.690 establece en términos generales que no es posible realizar discriminaciones arbitrarias de ningún tipo, entendiendo por arbitraria cualquier distinción o exclusión que carece de justificación razonable “efectuada por agentes del Estado o por particulares (…) [y fundada] en motivos tales como la raza, la etnia, la nacionalidad, la situación socioeconómica, el idioma, la ideología u opinión política, la religión o creencia, la sindicación o participación en organizaciones gremiales o la falta de ellas, el sexo, la orientación sexual, la identidad de género, el estado civil, la edad, la filiación, la apariencia personal y la enfermedad o discapacidad” (1).

 

En este contexto las estudiantes Carla de la Fuente y Pamela Zapata interpusieron el 30 de julio del presente año la primera denuncia contra el motel Marín 014, recinto ubicado en la comuna de Providencia, el cual les prohibió la entrada tres días antes aduciendo que, por políticas de la empresa, las relaciones lésbicas no eran posibles dentro de dicho local (2). Meses después Marín 014 fue multado con 50 UTM.

No deja de ser interesante que esta primera sanción haya afectado a un motel, lugar de la ciudad que condensa una serie de representaciones asociadas a lo público y lo privado, lo permitido y lo prohibido en materia de sexualidad. El motel es en su origen un lugar para que los viajeros pudieran dormir a la orilla de una carretera, pero fue importado al interior de la ciudad como una suerte de espacio comercial destinado preferentemente a la performance sexual, una alternativa pagada y privada más legítima que el prostíbulo y el barrio rojo. Ya sea por la fantasía de probar algo distinto, ya sea por no tener otro lugar donde concretar un encuentro sexual, una de las particularidades del motel es precisamente ofrecer un espacio de libertad frente al modo como se organiza la sexualidad en el espacio, pues de alguna manera promete escapar al orden dominante representado siempre como monógamo, rutinario y, por qué no, forzosamente heterosexual.

Desde un punto de vista de la racionalización del comportamiento sexual, el motel es siempre una empresa con fines de lucro que pierde clientela al vedar determinadas conductas y limitar por tanto su gama de servicios. Cabe preguntarse entonces cómo se explica la aparente paradoja de haber prohibido la entrada de una pareja lésbica, exponiéndose a una sanción judicial a dos semanas de promulgada la ley. Evidentemente no es la sanción a las caricias entre mujeres, porque la pornografía con este tipo de escenas forma parte del repertorio corriente de las películas heterosexuales que un motel bien puede ofrecer. Quizás la razón sea el prestigio del local, ese que se puede medir en el incómodo espacio semipúblico de la recepción, donde los clientes pueden encontrarse y eventualmente calificar el sitio según el perfil de la clientela. O quizás sea el estigma hipócrita que todavía pesa sobre los moteles, que a ojos de un vecindario cuidadoso de su prestigio se vuelve menos ejemplar si al sexo “clandestino” se le suman otros “vicios”.

El motel resume como pocos lugares en Santiago –el café con piernas, el cibercafé gay- esa tensión omnipresente entre visibilidad y opacidad que afecta a la expresión de la sexualidad humana. Probablemente la decisión de los administradores de aquella noche dependía precisamente de reglas que son opacas, que sustentan la discriminación en un amasijo informe de estigmas y vicios asociados a la “mala sexualidad”. A la sanción de hacer evidente el hecho que hay sexo fuera del propio dormitorio, se suma la sanción social que todavía existe sobre la homosexualidad, en este caso, el lesbianismo como una identidad pública.

Sobre la manera en cómo determinados lugares de consumo sexual legitiman determinadas conductas sexuales se ha investigado poco. Las hipótesis anteriores (el prestigio del local, la sanción social) forman parte de las reglas opacas que están detrás de toda discriminación. Carla y Pamela se expusieron a una muy desagradable experiencia sólo por el hecho de haber malinterpretado la racionalidad detrás del motel y por no aceptar una serie de subentendidos que de alguna manera están difusos en toda la estructura social. Es por esta razón que el valor simbólico de esta condena reside en dos puntos principales: por una parte, en hacer evidente por primera vez que la discriminación por orientación sexual se extiende hasta en los rincones que se miran con recelo; por otra parte, por situar la lucha antidiscriminación no sólo en el plano de las ideas sino también en la privatización de los deseos, trasladando el libre arbitrio a los individuos y no en el Estado o las corporaciones particulares.

Como señala Danilo Martuccelli, la expresión de lo individual solo es posible gracias a una fuerte estructuración de lo social. Más allá de las políticas de educación que puede propiciar, la Ley Antidiscriminación tiene por gracia precisamente reducir los espacios opacos donde se reproducen reglas sociales que se conocen de manera desigual. Su valor reside en ofrecer un acuerdo discutido y explícito –la decisión sobre cómo y  dónde tener sexo reside en uno mismo- que asegura la expresión legítima de distintas sexualidades. Sin que esté escrito, todos aceptan que para acostarse conviene hacerlo entre cuatro paredes. Y este último acuerdo, sin lugar a dudas, no puede sino beneficiar al motel que hace cuatro meses decidió impedir la entrada de dos mujeres lesbianas.

El autor es Doctorante en Sociología, Universidad París-Descartes, Francia.

1.- Texto recuperado de http://www.iguales.cl/portfolio/abc-de-la-ley-antidiscriminacion/

2.-http://www.emol.com/noticias/nacional/2012/07/30/553148/pareja-lesbica-recurre-a-ley-zamudio-por-discriminacion-en-conocido-motel--capitalino.html