¿Hacia una desaparición progresiva de los partidos políticos?

Juan Pablo Sáez K.

Columnista Invitado

Las innumerables manifestaciones callejeras registradas en Chile desde 2011 parecieron reeditar las antiguas “concentraciones” de la década de los 80, que confluían hacia un escenario desde el cual los líderes políticos arengaban y dirigían a las masas. Sin embargo, y a diferencia de las manifestaciones de antaño, las actuales concentraciones se distinguen de sus predecesoras por tener un fuerte carácter anti-partidos políticos (“El pueblo unido, avanza sin partidos” se oye vociferar a muchos). Si en los años de la dictadura las manifestaciones eran convocadas por las élites dirigentes de los partidos tradicionales, hoy día son los grupos de interés quienes cumplen este rol. Estos últimos gozan de un poder cada vez más creciente tanto en su relación con la población —sobre la cual tienen mayor capacidad de convocatoria en detrimento de los partidos— como con el Estado, al cual intentan influenciar directamente obviando a los partidos como intermediarios.   

Lo anterior supone la anulación de una de las principales funciones de los partidos políticos —la de asegurar un linkage democrático entre ciudadanos y Estado y así articular sus intereses en un programa de gobierno u oferta electoral—  lo que conduce a algunos a sugerir su pronta desaparición y reemplazo por los grupos de interés. La hipótesis se basa en los numerosos estudios de opinión pública que ubican a los partidos entre las instituciones con menos credibilidad del país y, como consecuencia, en la adhesión cada vez más creciente de la población a los grupos de interés, tales como el movimiento estudiantil o Patagonia Sin Represas.

¿Nos encontramos entonces ante una ola contestataria que, en el fondo, exige el fin de los partidos políticos como instituciones intermediarias entre ciudadanía y Estado y preferiría en su lugar a los grupos de interés? La respuesta a esta pregunta exigiría saber primero en qué momento los grupos de interés devienen en partidos políticos. Si los grupos de interés, además de agregar y articular intereses diversos de la población, formulan un programa de gobierno en torno a sus demandas, seleccionan candidatos para una eventual elección política, luego organizan campañas con el fin de ganar dicha elección y alcanzar el poder, y una vez en él forman un gobierno con el fin de llevar a efecto el programa, ellos se transforman finalmente en partidos. La diferencia esencial radica en la postura de unos y otros frente al poder: se supone que los grupos de interés intentan influenciar al poder instituido mientras que los partidos buscan conquistarlo. 

Eso en lo ideal, pero en una sociedad de partidos políticos desprovistos de credibilidad, la frontera que los separa de los grupos de interés podría ser superada en un corto plazo cuando estos últimos intenten efectivamente alcanzar el poder. La pregunta que surge en este punto es la siguiente: ¿cómo va a ocurrir esta transformación? Una primera opción es que los grupos de interés intenten influenciar partidos nuevos, desprovistos de una ideología clara, como el Partido Progresista de Enríquez-Ominami, aportando incluso candidatos a una eventual elección parlamentaria. Una segunda opción es que surjan partidos políticos como instituciones-satélites de grupos de interés, es decir, totalmente dependientes de los dictados de estos últimos. Y una tercera opción es que los grupos de interés se transformen en partidos anti-sistémicos. 

Tanto en la primera como en la segunda alternativa los grupos de interés se mantienen en la frontera entre la influencia y la conquista del poder, sin perder su status en la sociedad. Mientras que la tercera supone una transformación total del grupo de interés en partido, aunque con un discurso antisistema, que disfrazaría dicha transformación ante su electorado, y altamente contradictorio, pues pondría en tela de juicio el modelo político imperante ya no como grupo de interés sino como partido, esto es, en tanto miembro activo de dicho modelo. En ninguna de las tres alternativas los partidos dejan de existir.

De esta forma podemos decir que la nueva etapa inaugurada por las marchas de 2011 no anuncia la desaparición de los partidos aunque sí la cesión creciente de su espacio en beneficio de los grupos de interés: estos últimos pasarían progresivamente desde la mera influencia hacia la conquista del poder. ¿Qué características tendrán estos grupos de interés devenidos en partidos? Muy probablemente estarán provistos de un discurso populista de feble densidad ideológica, aunque motivados por ciertas convicciones políticas, y tendrán una corta vida al adolecer de un proyecto ideológico de largo plazo. El cambio mayor que anuncia esta nueva etapa supone entonces la irrupción de una nueva generación de partidos que terminará reemplazando al actual sistema, con consecuencias aún imprevistas. 

El autor es Magíster en Ciencia Política por la Universidad de París II